MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS
por Norma Lazo
El día que Blade Runner salió a la luz la frustración y la ruina rondaban el estreno. El rechazo en taquilla fue inmediato. El trato de la crítica, despiadado. Los detractores utilizaron argumentos como "El estilo sombrío a lo cine noir de Deckard es descontextualizado", "Los androides interpretados por Darryl Hannah y Rutger Hauer parecen más humanos y complejos que el cazador de replicantes" o "Hay una mezcla innecesaria e injustificada de épocas en los vestuarios".
No era la primera vez que la opinión superficial de una crítica purista destruía una de las mejores películas en la historia del cine. Sin embargo, a veintidós años de aquel estreno, Blade Runner parece más actual y premonitoria que los ensayos de algunos cronistas contemporáneos. Recordemos la historia del origen de la película y a su escritor, Philip Kendred Dick.
Phillip K. Dick no era un escritor común de ciencia ficción. Fue un pensador. Un romántico que sufrió por las verdades que él mismo develaba. Su virtud más grande fue encontrar en la ciencia ficción —un terreno árido poblado de alienígenas arácnidos— un medio serio y asequible para hablar de los grandes temas de la vida y el Hombre.
Dick cuestionó la naturaleza del ser humano y su significado en el mundo. En sus relatos analizaba la futilidad de la vida y lo efímero de la existencia humana. Escribir para él era entender la demencia del mundo moderno. Esa locura quedó clara en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
En el texto original, Deckard (Harrison Ford en la película) es un cazarrecompensas dedicado a liquidar "replicantes". Un hombre que, agobiado por una esposa que le reprocha su trabajo, toma estimulantes cerebrales para manejar su estado anímico a voluntad. Es adicto a la televisión y un mercenario sin escrúpulos. Los androides carecen del vestigio de bondad que les conceden en la versión cinematográfica, son crueles y no respetan la vida. Rachel (Sean Young) no es tan cruel como sus congéneres, pero como venganza por el exterminio de sus iguales mata a la cabra con la cual Deckard será recompensado. El deseo más grande del cazador es poseer uno de los últimos animales que quedan; los pobres deben conformarse con mascotas artificiales. En la novela casi todos son replicantes en potencia, al menos esa posibilidad está latente: Deckard, por ejemplo, descubre que su comediante favorito de televisión es un androide, al igual que todo un departamento de policía.
Dick era un escritor difícil y no fue sencillo convencerlo de los cambios necesarios que debía sufrir su historia para convertirla en un éxito de taquilla. En 1973 Herb Jaffe compró los derechos y Robert Jaffe escribió el guión. Dick se sintió ofendido y dijo que su libro había terminado convertido en una mala comedia llena de chistes y personajes exhibidos como payasos. Afortunadamente, la adquisición de los derechos expiró antes de que esa adaptación se realizara. En 1980 Hampton Fancher escribió la primera versión del guión que usaría Ridley Scott y que también disgustó a Dick. Incluso redactó un artículo en el que criticaba al cine de ciencia ficción de aquella época por considerar que se ponía más interés en los efectos especiales que en las historias. Atacó a Alien (1980), del propio Ridley Scott, y expresó su preocupación por que Do androids dream of electric sheeps? terminara como otra superflua película gringa.
La opinión de Dick cambió al leer el guión que rescribió David People, quien aseguraba haberse mantenido fiel a la versión de Fancher. Dick insistió en que este nuevo tratamiento estaba más allegado al espíritu del libro y la historia se reforzaba con los detalles añadidos, reencontrando entre la película y la novela una especie de simbiosis en la cual una nutría a la otra.
Dick murió poco antes del estreno, en 1982. Tampoco vivió para presenciar el fracaso de las exhibiciones en Denver y Dallas, que obligaron a Scott a añadir la narración en off de Ford y el final esperanzador.
Como suele suceder con las historias adelantadas a su época, Blade Runner fue reivindicada tiempo después. En una segunda lectura, más seria y profunda, la crítica que odió la ambientación ahora encontraba el equilibrio justo entre los elementos del pasado y el presente para proyectar un futuro apabullante y caótico. Por fin le hallaron una razón a los vestuarios punks de los replicantes, al elegante estilo de los años cuarenta de Rachel, a la muchedumbre asiática estallando los índices demográficos y, sobre todo, a la suciedad, la humedad y la lluvia perenne que acentuaban la vacuidad que sufría cada uno de los personajes.
Una de las críticas más fuertes que Blade Runner recibió a su estreno fue la del diseño de los personajes. Aparentemente, a todos les pareció que los androides mostraban más humanidad que el propio Deckard. Tuvieron que pasar años para que pudieran entender que la intención de la película —y lo que más aplaudió Dick— fue mostrar cómo un hombre insensible, frío, que se ganaba la vida como asesino a sueldo, era "humanizado" precisamente por un ser no humano, un robot desprovisto de emociones. Una reflexión sobre la condición humana narrada a través de una sutil paradoja.
En la historia los replicantes se sublevan al descubrir que tienen un tiempo de vida estipulado con una fecha de expiración que los convierte en condenados a muerte. No entienden por qué su creador —a quien se refieren como el Padre— los condenó a un destino tan despiadado. Blade Runner vuelve a subrayar la crueldad humana. Los androides, más que malévolos o brutales, sienten rencor por el rechazo de su creador. Son hijos lastimados y abandonados que en circunstancias normales estarían hablando sobre un diván. La verdadera crueldad viene del creador que, aun sabiendo que construye replicantes capaces de reproducir emociones humanas, no siente ningún remordimiento al imprimirles una fecha de expiración. Lo decisivo es que Deckard, quien por naturaleza posee la "virtud" de la humanidad, elimina sin remordimiento a todos aquellos que sólo han querido huir de su sombrío destino. Qué son los replicantes sino una nueva raza de esclavos que, como muchos otros en la historia de nuestro planeta, sólo han luchado por el derecho a existir y a la libertad. Irónicamente, Deckard valora la vida gracias a que Batty, uno de los replicantes —interpretado por Rugter Hauer—, le perdona la suya en un gesto humano que termina fundiendo ambas esencias.
Blade Runner no puede juzgarse solamente como una película de ciencia ficción; es una historia con matices complejos y analogías claras con nuestra realidad cotidiana. Cuenta cómo un planeta llega a ser devastado por una minoría consumista y superflua que habita en suburbios alejados del caos que ellos mismos crearon. Recuerda la arrogancia humana que, sin cuestionar a su dios y deseando ser él, construye a su imagen y semejanza una especie que debe agradecer el don de la vida sin importarle su destino; un paralelismo entre la crueldad del dios católico y la crueldad humana del creador de replicantes. Blade Runner también destaca la futura extinción de los animales por la industria y la tecnología y se burla del exhibicionismo de los burgueses al ser los únicos que pueden poseer especies desaparecidas como mascotas. Sin olvidar la necesidad de las clases bajas por imitar el frívolo estilo de vida de las clases privilegiadas y que, a diferencia de ellas, sólo pueden conformarse con imitaciones.
Ridley Scott deseaba que Blade Runner fuera una película ciberpunk con tintes de cómic a la manera de Heavy Metal. Su idea inicial se fue transformando gracias a la necedad de Philip K. Dick —quien veía la ciencia ficción como algo más que un soso subgénero de aventuras— y de un guionista como People, que encontró la fibra sentimental exacta para realizar una película emotiva. Fue ese equilibrio justo entre la historia policíaca y el triste destino de los replicantes el que hizo de Blade Runner un filme inteligente y sensible. Sólo basta recordar aquella secuencia deliciosamente lenta en la que Batty muere bajo una lluvia pertinaz mientras una paloma blanca levanta el vuelo. Sus últimas palabras son "Yo he visto cosas que ustedes los humanos jamás creerían. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhausser... Todos esos recuerdos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir". Ese fue el espíritu del pesimismo dolido de Philip K. Dick. Ese es el espíritu del hombre que siempre supo que el caos terminaría por devorarnos. ®
* Norma Lazo nació en el puerto de Veracruz. Fue fundadora y directora editorial de la revista Complot. Es autora de la novela Los creyentes (Times Editores, 1998) y de El horror en el cine y en la literatura (Paidós, 2004).
Sitio recomendado:
www.replicantes.tk (A tribute to Blade Runner)
"Iguales derechos para los replicantes"
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jueves, 4 de octubre de 2007
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